Dieciocho semanas de floración. Dieciocho. Una eternidad verde. Una prueba de carácter.
La Congo no fue una planta: fue una fuerza vertical empeñada en atravesar el techo de mi carpa. Salvaje, indómita, africana hasta la médula. La até. La doblé. La guié. La frené innumerables veces. Me obligó a elevar las luces hasta su límite físico, como si quisiera tocar el sol artificial y recordarme que su memoria genética pertenece al trópico abierto, no a un armario domesticado.
Honestamente, no es planta para interior. Es espíritu de exterior. En tierra madre se haría gigante, descomunal, legendaria. Su fenotipo lo grita: hojas finas, estructura aérea, cogollos abiertos y largos como lanzas tribales. Sativa pura, sin maquillaje, sin cruces complacientes. Y, sin embargo, finalmente nos entendimos.